Marcos estaba a punto de abandonar el restaurante. Había caminado con paso firme y decidido entre las mesas hasta casi alcanzar la salida, cuando una sombra de duda se le cruzó por la mente, como un susurro persistente en el oído. Se detuvo. Cerró los ojos por un instante, respiró hondo y, sin volverse del todo, dijo con voz baja pero cargada de una autoridad que helaba la sangre:
—Voy a ser breve, Larralde —dijo Marcos, con la voz más baja de lo habitual, pero también más filosa—. Aléjate de I