La noche había caído sobre la ciudad con una elegancia fría, y el cielo, despejado y estrellado, parecía burlarse de los que llevaban tormentas dentro. Marcos D’Alessio ajustó el cuello de su camisa mientras se observaba en el espejo del ascensor. La invitación a aquella cena de negocios le había parecido irrelevante al principio, una más de esas veladas repletas de empresarios hipócritas y sonrisas forzadas, pero una llamada inesperada esa tarde lo había hecho reconsiderar.
—Fernando Larralde