Victoria Echeverría miró por enésima vez el reloj antiguo del comedor. Las agujas parecían burlarse de su paciencia, avanzando con una parsimonia cruel. El segundero marcaba las 9:43 p. m., y la cena servida sobre la mesa seguía intacta, enfriándose lentamente bajo la elegante lámpara de araña.
Llevaba de pie más de veinte minutos junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho, tamborileando con los dedos sobre su antebrazo. Su ceño fruncido delataba algo más profundo que molestia: