El silencio entre ellos pesaba más que el aire. Marcos no se movía. Ella tampoco. Pero no hacía falta.
Ya se habían dicho demasiado… sin decir nada.
Isabella se dejó caer hacia él, casi imperceptiblemente. Como si algo invisible —más fuerte que su juicio— la empujara a rendirse. A dejar de fingir que lo que sentía no existía.
Sus labios se buscaron con ansias. Esta vez no fue un beso contenido. No fue duda ni nostalgia. Fue certeza. Urgencia. Un grito contenido por días. Por noches. Por tantas