La mañana avanzaba con lentitud, como si el tiempo supiera que había algo que no podía decirse en voz alta. El tic-tac del reloj en la oficina de recepción parecía más fuerte de lo habitual. Charlotte revisaba papeles, ajena a la electricidad sutil que flotaba en el ambiente.
Isabella no había levantado la mirada del computador desde que se sentó. No porque estuviera concentrada —de hecho, no podía hilar más de dos líneas—, sino porque sabía que si sus ojos se encontraban con los de Marcos, tod