El ruido del motor era constante, grave, pero nada comparado con el estruendo dentro de su cabeza. Marcos conducía con el ceño fruncido, los nudillos pálidos de tanto presionar el volante. Llevaba el cuerpo recto, el rostro tenso y la mirada fija en la carretera como si fuera un campo de batalla. Pero no eran los semáforos ni el tráfico lento lo que lo irritaba. Era él. Fernando Serrano.
Ese nombre lo había acompañado como una sombra durante años, pero ahora lo sentía como una daga clavada just