El aroma a pan tostado y café recién hecho se colaba por las rendijas de la casa como un susurro amable que anunciaba el nuevo día. Isabella entreabrió los ojos, aún acurrucada en una esquina del sofá, con la manta cubriéndole parte del cuerpo y el cabello alborotado por el sueño. Por un segundo, no recordó dónde estaba. Pero al girar el rostro y ver el respaldo del sofá, el silencio cómodo de la sala y el leve sonido de una sartén al fondo, todo volvió a ella como un eco tibio.
La noche.
Él.
S