El silencio dentro de la pequeña sala parecía cada vez más espeso.
Antonio José Valera tragó saliva por tercera vez, y aunque intentaba mantener su compostura profesional, el temblor en sus manos lo volvió evidente.
Sus ojos iban de Marcos a Fernando… y regresaban, como si buscara en sus rostros una memoria que no terminaba de formarse.
Finalmente, con voz entrecortada, murmuró:
—¿Puedo… hacerles una pregunta?
—Hazla —respondió Marcos, sin un rastro de emoción.
El médico inspiró hondo, como si