La sala quedó tan quieta que hasta el zumbido del aire acondicionado parecía retumbar en las paredes.
El médico seguía sin hablar, con la mirada fija en el bisturí como si fuera una serpiente a punto de atacar.
Fernando y Marcos lo observaban en un silencio frío.
Y entonces Camilo, que hasta ese momento se había mantenido apoyado en la pared, se enderezó con una sonrisa torcida.
—¿Sabes algo, Marcos? —dijo mientras se sacudía las mangas—.
Tú eres demasiado flexible.
Si fuera yo el que tuviera e