Habían pasado dos días desde aquella conversación nocturna. Dos días en los que el silencio dentro de la mansión D’Alessio parecía tener filo. Fernando caminaba poco, hablaba menos y observaba su teléfono como si fuera una bomba a punto de explotar. Marcos tampoco estaba tranquilo; cada vez que podía, se escapaba de la oficina solo para confirmar si había novedades.
Hasta que esa tarde, mientras Marcos revisaba unos informes distraído, escuchó pasos apresurados. Luego, la puerta del despacho se