La mañana llegó demasiado rápido.
El amanecer cayó sobre la cuidad sin avisar, como si el tiempo mismo quisiera arrastrarlos hacia ese destino que ya no podía postergarse más: Bolonia, Italia.
Un viaje que no era de negocios, ni de placer.
Era un viaje de justicia.
Marcos llevaba horas despierto.
No había logrado dormir ni un segundo.
Cada vez que cerraba los ojos aparecía el rostro de Adrián: su risa traviesa, su voz, sus manos pequeñas aferradas a las suyas… y luego, ese frío que jamás olvida