La noche cayó sobre la mansión D’Alessio como un manto pesado. Las luces cálidas de la sala apenas lograban romper la oscuridad que rodeaba el lugar, y Marcos permanecía allí, sentado en el enorme sofá de cuero, con el rostro entre las manos y el cuerpo visiblemente agotado.
El silencio era tan profundo que casi podía escuchar su propia respiración entrecortada.
Fernando se había marchado hacía una hora. Tenía que volver con Leo, su hermano, a quien llevaba días descuidando por estar metido de