El reloj marcaba su lento avance mientras Isabella caminaba de un lado a otro por la salida del hospital. Su mente estaba inquieta, agitada, luchando entre lo que sabía… y lo que necesitaba hacer.
Finalmente tomó su celular y marcó un número.
—Hola… ¿podemos vernos? —su voz sonó firme, aunque por dentro temblaba—. Sí, en el parque central.
Un silencio.
—Perfecto. Te espero allí.
Colgó y, sin pensarlo más, salió de la casa con el corazón latiendo a destiempo.
El parque central estaba tranquilo,