El sonido de un auto se escuchó frenando frente a la mansión, y segundos después el timbre resonó con insistencia. Isabella corrió a abrir la puerta; su corazón latía acelerado.
Allí estaba Victoria Echeverría, elegante como siempre, pero con el rostro desencajado por la preocupación. Apenas la vio, Isabella sintió una punzada de alivio.
—¿Dónde está? —preguntó Victoria sin perder tiempo.
—En mi habitación —respondió Isabella, guiándola por el pasillo—. La fiebre sigue alta, y tose sangre… no q