El reloj del pasillo avanzaba lentamente, marcando el silencio en el hospital. Marcos descansaba en la habitación, mientras Isabella permanecía junto a la ventana, mirando hacia el jardín interior, intentando calmar el torbellino de pensamientos que tenía dentro.
Victoria se acercó despacio, con ese aire maternal que la caracterizaba, y le habló con voz suave pero cargada de preocupación.
—Cariño, te ruego que me ayudes con Marcos —le dijo, con las manos entrelazadas y los ojos humedecidos—. De