El sol se alzaba tímido entre las nubes cuando el sonido del timbre interrumpió el silencio de la mansión. Doña Martha, con su delantal blanco y sus pasos lentos, caminó hacia la puerta principal, sorprendida por la visita a tan tempranas horas.
Al abrir, se encontró con un joven mensajero sosteniendo un enorme ramo de rosas rojas, lirios blancos y gardenias recién cortadas, envueltas en papel dorado con un lazo burdeos.
—¿Entrega para la señorita Isabella Romano? —preguntó el muchacho, extendi