El reloj marcaba casi las once. En la mansión reinaba un silencio tan profundo que incluso el crujido de la madera bajo los pasos de Victoria parecía una voz dentro de la quietud. Marcos había vuelto a la sala tras el llamado de su tía.
Estaba inmóvil, con la mirada fija en las brasas que morían en la chimenea. No había dicho nada desde que su tía lo había liberado de aquella promesa que lo ataba desde hacía tanto tiempo. Era como si su mente tratara de entender que, por primera vez, el futuro