Victoria se acomodó en el sillón principal de la sala, la copa de vino tinto entre sus dedos, observando cómo el líquido reflejaba la luz cálida de la lámpara de pie. Tomó un sorbo lento, dejando que el sabor intenso se deslizara por su garganta, mientras sus pensamientos giraban en un torbellino.
La visita al cementerio aún la mantenía en un estado de calma tensa. La memoria de su hermano Damián le había dado fuerza, pero también un recordatorio de que debía actuar con prudencia. Sus labios se