El vapor llenaba la habitación, empañando el espejo y envolviendo a Isabella en una neblina densa que parecía tan confusa como sus pensamientos. El agua de la ducha caía con fuerza sobre su piel, pero ni siquiera ese golpe constante lograba borrar la ansiedad que se le enredaba en el pecho.
Apoyó las manos contra la pared fría, cerró los ojos y respiró profundo. Su mente no dejaba de repetir una sola imagen: el rostro de aquel hombre en la sala.
—No… no puede ser —susurró con voz temblorosa, mi