La noche se había asentado con suavidad sobre la mansión, y la calma que la oscuridad traía contrastaba con la actividad del día. Isabella ya descansaba profundamente en la sala, acurrucada bajo la manta que Fernando había colocado con cuidado más temprano. Su respiración era lenta, uniforme, y su semblante mostraba signos de alivio, aunque todavía se percibía un ligero rubor en sus mejillas por la fiebre que había tenido. Fernando permanecía a su lado, observándola con discreción, asegurándose