Fernando entró de golpe en la sala, la respiración agitada, los puños apretados y los ojos inyectados en sangre. Cada paso que daba parecía resonar con fuerza contra las paredes, como si la ira que lo consumía pudiera romperlo todo a su paso.
—¡Esto es culpa tuya, Marcos! —gritó, su voz temblando entre la rabia y el dolor—. ¡Si hubieras estado allí, si hubieras hecho lo que debías… Adrián todavía estaría vivo!
Marcos se tensó de inmediato. Su rostro serio se endureció, los ojos brillaban de eno