Fernando despertó lentamente, con la anestesia todavía pesando sobre su cuerpo. La luz blanca del quirófano le quemaba los ojos, y un dolor sordo en la zona del riñón le recordaba la magnitud del procedimiento que acababa de atravesar. Intentó incorporarse, pero su cuerpo lo traicionaba; la cabeza le daba vueltas, y la confusión lo envolvía como una neblina.
Mientras comenzaba a recuperar la claridad, su oído captó un murmullo de voces cercanas. Las enfermeras conversaban, sin percatarse de que