El amanecer había llegado con un silencio inquietante. Las luces de la ciudad se reflejaban en los cristales del hospital, y el bullicio habitual parecía lejano, como si todo el mundo supiera que ese día no era como cualquier otro. Fernando estaba en su apartamento, repasando una y otra vez los informes médicos, cuando el teléfono sonó con urgencia.
—¿Hola? —respondió con un tono firme, aunque su corazón ya latía con fuerza.
—Señor Fernando —la voz del doctor al otro lado era grave, cargada de