El silencio en la sala de espera del hospital era abrumador. Fernando y Marcos permanecían sentados uno al lado del otro, cada uno con una bata blanca sobre los hombros y las manos ligeramente temblorosas. La espera de los resultados de las pruebas de compatibilidad para donar un riñón a Adrián parecía interminable. Cada segundo estaba cargado de un peso insoportable, de la incertidumbre que los aplastaba con fuerza.
—No puedo creer que esto esté pasando —susurró Fernando, sus dedos entrelazado