El crepúsculo caía sobre la ciudad, tiñendo los ventanales de la mansión D’Alessio con tonos dorados y rojizos. Dentro, el ambiente era tranquilo; la ausencia de Victoria se notaba en cada rincón, aunque no era extraño que la mujer pasara el día entero en sus compromisos sociales y benéficos.
En el salón principal, Camilo se acomodaba con total naturalidad en uno de los sillones de terciopelo. Para él, rodearse de lujos no era nada nuevo; había crecido en un ambiente similar y estaba habituado