El ambiente en la lujosa cocina de la mansión estaba más vivo que nunca. El reloj marcaba la una de la tarde, pero en el interior parecía un festival: ollas en ebullición, cuchillos repicando contra las tablas y, sobre todo, las carcajadas que resonaban entre Isabella y Fernando Larralde.
Ella, impecable en su delantal blanco, se movía con destreza, como si hubiera nacido entre fogones. Fernando, en cambio, parecía un torbellino caótico que no seguía reglas, pero se defendía con un entusiasmo q