El reloj marcaba las cinco en punto y la oficina de Marcos D’Alessio seguía iluminada por la luz fría de las lámparas. Los documentos estaban esparcidos sobre el escritorio, pero ninguno de los dos hombres les prestaba atención. El silencio se había roto con la confesión más grande que Marcos le había hecho a su mejor amigo.
Camilo lo observaba con los ojos muy abiertos, como si aún intentara procesar lo que acababa de escuchar. Luego, de repente, una carcajada salió de su boca.
—¡Esto es una c