El ruido del motor de Steve fuera de la casa era como el rugido de una bestia que venía a reclamar lo que le habían quitado. El Mercedes de Marcus parecía un juguete comparado con la furia que se sentía vibrar en el aire. Dentro, Bianca seguía sentada en el sofá con esa calma aristocrática que daba náuseas, mientras Marcus apuntaba a la puerta con las manos bañadas en un sudor frío.
—Baja el arma, Marcus —susurró Elena. Su voz era apenas un soplido, pero cargado de una urgencia eléctrica.
—¡Cál