OSCURO (Salvatore)
El vapor aún se eleva en el baño como un velo que busca abrazarme, como una amante demasiado insistente que rechazo de un manotazo, y cuando la puerta se abre al aire más fresco del pasillo, mi piel tiembla bajo el asalto del frío, gotas aún ruedan por mis trapecios, descienden lentamente hacia mis abdominales tensos, estallan en mi cadera antes de desaparecer en la tela blanca de la toalla.
Me gusta esta mordida, este contraste brutal entre el fuego del agua hirviente y el aliento helado de la noche dentro de mi propia casa, es un recordatorio permanente de que la vida no es más que eso: oposiciones, desequilibrios, y que el hombre que sobrevive es aquel que mantiene el equilibrio en medio del caos.
Me detengo frente al gran espejo de mármol negro, el reflejo me fija, implacable, sin rodeos, mi cabello aún empapado gotea en finas mechas, mi barba oscura resalta mis rasgos ya duros, y mis ojos, dos hendiduras heladas, examinan su propia imagen como si interrogaran a