NAHIA
La noche cae como una condena, pesada, asfixiante, y siento su sombra incluso antes de que se una a mí, esa presencia que invade cada habitación, cada aliento, como si las mismas paredes contuvieran la respiración esperando que él cruzara el umbral. Sé que será el último, lo siento en mi carne antes de que me toque, y todo mi cuerpo se tensa entre el miedo y el deseo, entre la huida imposible y la espera desgarradora.
No necesita hablar. Su silencio es una espada. Su mirada, cuando se detiene en mí, ya es una frase. Él avanza lentamente y yo instintivamente retrocedo, pero su paso es seguro, implacable, y ya su mano se cierra en mi nuca, ya sus labios aplastan los míos con desesperada codicia. Su beso es un mordisco, su lengua una quemadura, y entiendo que no me dará ni un segundo de respiro. Esta noche será una guerra, una ofrenda, un ahogamiento.
El primer ataque me provoca un grito que no tengo tiempo de tragar. Contra la pared del dormitorio, mis muñecas atrapadas en sus ded