Capítulo 40 — La espera en el ...
NAHIA
Sus labios no se posan sobre los míos. No aún. Al contrario, retrocede, como para recordarme que él es el único dueño del tempo, que solo recibiré lo que decida concederme. Su mano se detiene un segundo más en mi garganta, luego finalmente la suelta, lentamente, como si desatara una cadena.
Titubeo, inspiro de nuevo, y en ese soplo de libertad, siento que mis piernas me llevan solas. Me escapo. El baño me engulle, refugio de mármol y vidrio. Casi cierro la puerta de un golpe detrás de mí,