NAHIA
Su mirada me absorbe, me encadena más seguramente que sus manos. Estoy sentada sobre él, desnuda y aún empapada, y cada gota de agua que resbala por mi piel parece llamarlo a poseerme más. El aire a nuestro alrededor parece más denso, saturado, como si cada segundo estuviera cargado de electricidad.
Quiero desviar la mirada, buscar un ángulo de escape, pero sus dedos suben a mi nuca y me retienen allí, firmes, precisos. Su palma sostiene mi cráneo contra su hombro, como si se negara a que