Capítulo 38. El filo de la sospecha.
Leonella y Alessandra se deslizaron tras la cortina de lona con una agilidad propia de las personas que temen ser descubiertas.
El espacio era asfixiante; olía a polvo acumulado y a reactivos químicos. Leonella se pegó a la pared de madera, conteniendo la respiración hasta que sintió que los pulmones le ardían. Alessandra, a su lado, mantenía la mano firme sobre su bolso, lista para cualquier desenlace.
La puerta de la cabaña se abrió de un golpe seco, dejando entrar una ráfaga de aire salino y