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Capítulo 4 El trono de la humillación

El auto se detuvo con un suspiro metálico en el estacionamiento de la escuela. No necesitaba ni abrir la puerta para que esa música espantosa a todo volumen me retumbara en los oídos, vibrando en la lámina del coche. Por la ventana, miraba cómo todos iban entusiasmados, con esas sonrisas perfectas y ensayadas, casi brillantes bajo las farolas, mientras se acercaban a la entrada como si fueran a cruzar el umbral del paraíso.

Pero para mí, este lugar era el menos feliz que podía encontrar en todo el condenado planeta.

—Ya sal, Ari, o nos perderemos a los reyes del baile —me gritó mi amigo Victorio desde afuera.

Me molestó que usara ese nombre, el que solo usamos cuando estamos en confianza, pero es que ni siquiera quería moverme del asiento. Sabía que en cuanto pusiéramos un pie en el gimnasio, él se estaría besándose con su novio Josh y, la verdad, no es algo que me guste ver. No porque sean dos hombres —eso me da igual—, sino porque me hace sentirme avergonzada conmigo misma. Me recuerda que a mis dieciocho, con toda la fama del mundo, ni siquiera he sido capaz de lograr dar mi primer beso con alguien de manera real. Es patético.

—¡Con un carajo, que ya salgas, Ari! —volvió a gritarme.

De mala gana, salí del auto. Bajé con una calma fingida, dejando caer el tacón de mi zapato Chanel que mi madre me compró con tanta ilusión. En cuanto estuve fuera, sentí cómo la brisa fresca de la noche movía mi cabello castaño; estaba tan tieso por el fijador (creo que tenía más que los peinados de los ochenta) que juraría que si alguien pasaba con una flama cerca, mi cabeza se incendiaria en un santiamén.

—Hola, mi querida pop star, qué alegría verte. Pensé que no vendrías, mi chocolatito me decía que no estabas segura —habló Josh. Es un hombre alto, de piel muy blanca y ojos azules, que hoy vestía un traje bastante fosforescente y llamativo, de esos que te queman las pupilas si los miras directo.

—Hola, Josh. No quería venir, de verdad —expresé de mala gana, ajustándome el vestido que me mataba—, pero agradécele a mi madre y a tu chocolatito, que fueron los que me convencieron.

—Bueno, aunque debería de agradecerte yo a ti por haber logrado que mi chocolatito se haya puesto este traje que le queda de maravilla —dijo Josh, y sin previo aviso, le dio un beso muy apasionado a mi amigo Vic.

Pude notar claramente cómo sus lenguas se entrelazaban en un baile frenético. Bajé la cabeza de inmediato, fingiendo mucho interés en mis zapatos. Nunca me han parecido bonitos, pero prefería mil veces esa vista a la escena que tenía frente a mí. Me sentía como el tercer violín desafinado en una orquesta.

—Bueno, ya vámonos —me llamó Vic, rompiendo el contacto.

Levanté la vista y caminé detrás de la pareja, que iban agarrados de la mano como si el mundo fuera a acabarse mañana. Nos acercábamos a la entrada donde, antes de pasar, tenías que sacarte la foto oficial. Primero pasaron ellos, posando con una seguridad que envidio. Luego, Vic se puso a mi lado, agarrándome de la cintura con fuerza para que, cuando mi madre pidiera ver la fotografía mañana, pudiera ver que sí había venido con el "acompañante" que ella aprobaba.

Entramos al gimnasio y el asalto sensorial fue total. El lugar estaba iluminado con luces de neón que hacían que todo pareciera una película barata, y un DJ tenía la música a un volumen criminal. Las parejas bailaban sin parar, rozándose, y se podía ver a otros besándose en los rincones oscuros. Vic y Josh no tardaron ni dos segundos en alejarse de mí para perderse en el centro de la pista.

Yo no quería bailar. Si bien tengo años de práctica en los escenarios y me sé mil coreografías, no es lo mismo. Amo el baile, es verdad; es una manera de expresar sentimientos con el cuerpo cuando las palabras no salen. Me encanta, de hecho. Pero no me siento cómoda bailando con estas personas. He compartido años con ellos en los pasillos, pero para mí son completos desconocidos, o peor aún, enemigos silenciosos.

Así que elegí el camino de la retirada. Caminé hasta la mesa del fondo, donde estaban los bocadillos y el ponche. Ahí estaba la directora, elegante como siempre, vigilando como un halcón. La saludé con un gesto seco de la mano. Agarré un vaso y me serví ese líquido rosado con trozos de fruta flotando.

El sabor no era del todo bueno, la verdad. Le hacía falta un poco de alcohol. Cada vez que mi madre hace esa bebida para las fiestas familiares, le pone un toque de licor y sabe mil veces mejor. Sin embargo, entendía por qué la directora estaba ahí pegada. Estaba cuidando que nadie alterara el ponche; si esta fiesta se salía de control, mañana estaríamos en las primeras planas de todas las revistas de chismes, y yo sería el titular principal.

Me quedé cerca de ella. Sabía que si alguien quería molestarme, se lo pensaría dos veces con la autoridad al lado. Las horas pasaron lentas, pesadas como el plomo. Veía a mi amigo y a su novio ser felices. Mi mente, sin embargo, ya estaba en la gira por Asia. Anhelaba sentir el aire del escenario, ese olor a ozono y sudor, el rugido de los fans gritando mi nombre. Deseaba sentirme viva en el único lugar donde no me juzgaban por cómo fui engendrada.

—Hola y buenas noches, queridos alumnos de la escuela Elite —la voz de la directora por los altavoces me trajo a la realidad.

Abrí los ojos (ni siquiera me había dado cuenta de que los tenía cerrados) y la vi en el escenario. —Es momento de coronar a nuestros reyes de fin de año.

Bloqueé mi mente. No me interesaba saber qué par de idiotas serían los "reyes" de este circo. Me puse a repasar la letra de mi nueva canción, la que planeo presentar en Seúl. Me faltaba inspiración para el segundo verso, pero esperaba que estar lejos de aquí me ayudara a encontrarla.

De la nada, unas fuertes carcajadas rompieron mi burbuja. Abrí de nuevo los ojos y me encontré con la peor pesadilla. Todos mis compañeros me estaban mirando fijamente. Sus risas eran afiladas, crueles. No entendía nada hasta que voltee hacia la pantalla gigante del escenario, donde se suponía que pasaban fotos del anuario.

Ahí estaba yo. Mi foto de primer año, pero editada de la forma más vil posible. En letras gigantes y mayúsculas rezaba: LA ESTRELLA DEL POP ENGENDRADA EN UNA ISLA. La imagen estaba rodeada de stickers obscenos de penes y frases que me revolvieron el estómago.

—¿Quién hizo esto? —demandó la directora, pero su voz se perdía entre las burlas.

El enojo y la pena me golpearon como un camión. Las risas no cesaban, se hacían más fuertes, rítmicas.

—¡ROMPE RELACIONES! ¡TU MADRE LO PLANEÓ TODO PARA QUEDARSE CON LA FORTUNA LARA! —me gritaron desde algún punto de la oscuridad. Eran voces que ni siquiera lograba identificar.

—¡Silencio todos! —intervino la directora de nuevo, pero fue en vano.

Llena de una vergüenza que me quemaba la cara, salí de ahí corriendo. Agarré la falda de mi vestido para no tropezar y atravesé los corredores de la escuela. Todavía había estudiantes en los pasillos que se señalaban y se reían al verme pasar. Los pocos maestros que me miraban solo ponían cara de lástima, y no sé qué me dolía más.

Continué corriendo hasta que el aire frío me golpeó los pulmones. Llegué a la cancha de fútbol americano, un lugar desierto a estas horas, y me desplomé en uno de los asientos de las gradas. Ahí, protegida por las sombras, dejé salir las lágrimas que me estaban ahogando.

—¿Estás llorando de verdad o todo es falso para captar mi atención? —una voz varonil, profunda y desconocida me hizo saltar.

Levanté la vista, limpiándome los ojos con furia. En la última grada, sentado con una pierna colgando, había un hombre vestido completamente de negro. Estaba fumando y bebiendo algo que definitivamente no era el ponche rosado de la escuela.

—¿Eres estúpido o te haces? —pregunté, con la voz quebrada por el enojo.

—Creo que ninguna —respondió él en seco, sin inmutarse por mi tono.

—¿Qué no viste lo que acaban de hacer en el baile? —lo interrogué, tratando de verle la cara.

—No, la verdad no. ¿Qué no ves que no soy de aquí? —me dijo.

Me le quedé viendo con más detalle. Por sus rasgos asiáticos y su forma de hablar, me di cuenta de que tenía razón. Nunca antes lo había visto en este nido de víboras.

—Tienes razón... lo siento por mi falta de respeto, pero no estoy de humor —dije, intentando limpiar el rastro de rímel que ya debía de haberme arruinado toda la cara.

Escuché cómo sus pasos bajaban las gradas con una calma desesperante, hasta que quedó sentado a mi lado. De reojo, pude ver su rostro de piel suave, su cabello negro azabache cubierto parcialmente por el gorro de su chamarra. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos. Eran oscuros, intensos, y en este momento estaban enfocados en los míos con una curiosidad que no tenía nada que ver con la fama.

Me quedé ahí, en silencio, bajo el cielo oscuro de Los Ángeles, pensando en cómo terminaría esta noche. Solo quería volver a mi habitación, encerrarme y olvidar que el baile de graduación alguna vez existió

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