Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Aria Lara León
Una luz tan intensa impacta contra mis ojos despertándome de golpe. Gruño, hundiendo la cara en la almohada, sintiendo como si mis párpados pesaran una tonelada. El sueño que estaba teniendo —uno donde estaba en un escenario gigante y nadie se reía de mí— se desvanece en un segundo. —Mamá, cierra las cortinas —protesté con la voz ronca, porque sé bastante bien que la única persona que entra a mi habitación a estar horas es mi madre. Nadie más se atreve a romper mi santuario. —Ya es hora de que te levantes, hija. Son las diez de la mañana y tienes que prepararte para el baile —dijo ella. Su voz suena firme, de esas que no aceptan un "cinco minutos más". Con los ojos entrecerrados debido a la luz tan segante, logro ver su silueta recortada contra el ventanal. Tiene las manos en las caderas y, aunque no veo su rostro con claridad, sé que no está del todo contenta con mi actitud de querer dormir hasta el próximo siglo. —¿De verdad es tan necesario que vaya, mamá? —seguí negándome, sintiendo un nudo en el estómago solo de pensar en el gimnasio de la escuela decorado con globos baratos. Me arrojé la cobija de nuevo sobre la cabeza, intentando desaparecer. —Claro, hija. No todos los días sales de la escuela. Es un momento que debes de vivir... después quizá recuerdes ese momento y te dirás que buenos tiempos eran esos. Rodé los ojos debajo de mi cobija. Es fácil para ella decirlo. Mi madre dice eso porque no conoce todo lo que he tenido que aguantar por años; no sabe lo que es entrar al baño y escuchar tu nombre en un susurro cargado de veneno. Aunque, mientras la escuchaba, algo en su voz me dio la impresión de cierta tristeza. Algo que no cuadraba. Me quité la cobija despacio y la vi. Estaba mirando con atención mi vestido, que colgaba de la puerta del armario. Había una melancolía tan profunda en su mirada que me hizo sentir mal por ser tan grosera. —¿Tú no fuiste a tu fiesta de graduación? —pregunté, todavía hecha un ovillo en la cama. Ella suspiró y se sentó en la orilla de mi colchón. —No fui. Sabes que te he contado que en esos tiempos sufría de sobrepeso y no podria ponerme un vestido tan hermoso como este... —hizo una pausa larga, acariciando la tela brillante del vestido—. Aunque ahora que han pasado tantos años, me digo que fue un error. Me perdí de un momento que no volveré a tener nunca más. Se giró hacia mí y me tomó la mano. Sus ojos brillaban de una forma que me apretó el corazón. —Por eso, hija... sé que estás pasando por momentos difíciles al ser una figura pública. Me encantaría que me contaras qué es lo que sucede, qué es lo que te duele. Aunque sé que no puedo forzarte si no te sientes preparada para contarme, y lo respeto. Pero así como yo lo hago contigo, tú también entiéndeme cuando te digo que disfrutes de cada una de las etapas de tu vida. Y más viniendo de alguien que ya ha vivido eso y se arrepiente. Las palabras de mi madre fueron como una cachetada y, a la vez, como una brisa refrescante. Me sentí pequeña, egoísta. Nunca me había detenido a pensar que ella también tuvo sus monstruos, que su peso fue su propia "isla" de burlas. Quizá ella tenga razón. No debería de faltar, aunque sepa perfectamente que voy directo a la boca del lobo. —Está bien, mamá —acepté, forzando una sonrisa que esperaba que no se viera tan falsa como me hacía sentir. —¡Qué alegría! —expresó ella, dando unos aplausos pequeños, como si le hubiera dado la noticia más grande del mundo—. He mandado traer a la mejor de las maquilladoras para que te arregle. Te aseguro que serás la más bella de la fiesta. —Sí, mamá —contesté, manteniendo la sonrisa de plástico. —Entonces apresúrate, porque no creas que la belleza no conlleva tiempo. ¡Arriba! Me puse de pie de mala gana. Aún vestida con mi pijama de ositos —que por cierto, tiene un agujero en el sobaco que espero que nadie note— caminé descalza hasta sentarme frente al espejo de mi tocador. Mi madre se acercó y empezó a cepillarme el cabello con una delicadeza que casi me hace llorar. Por el reflejo, veía su rostro; tenía una sonrisa y sus ojos tenían un brillo hermoso. Era como si estuviera reviviendo en mí el momento que ella no pudo tener. Me sentí como su segunda oportunidad. —Mamá... —la llamé. Quería preguntarle cómo hizo ella para superar el odio de la gente, cómo hizo para que no le importara lo que decían de su cuerpo. Pero justo en ese segundo, alguien llamó a la puerta con fuerza. —¡PASEN! —gritó mi madre, rompiendo el momento. La puerta se abrió y entró Estrella, la maquilladora, seguida de sus "secuaces", como yo les digo. Eran dos chicas cargadas con maletas llenas de brochas, sombras y fijadores que olían a químico puro. —¡Buenos días, mis queridas! Disculpen la demora, es que estos días de graduaciones tengo bastante trabajo, pero siempre guardo un lugar para nuestra querida princesa en ascenso del pop, ¡Ari! —saludó la mujer con ese tono tan extrovertido que te hace querer taparte los oídos. Esas últimas palabras me hicieron sentir incómoda. Me sentí como un producto. Como si solo estuviera aquí por la fama que estoy forjando —a duras penas— y no porque realmente le importara yo. —Buenos días, Estrella. No, claro que no llegas tarde. Nos alegra que nos des un poco de tu tiempo en tu apretada agenda —agradeció mi madre—. ¿Verdad que sí, Ari? Toda la atención cayó sobre mí. De repente me puse nerviosa, algo que ya no me pasaba tan seguido desde que empecé a cantar profesionalmente, pero esto era distinto. Esto era personal. —Sí, gracias —dije con una sonrisita tiesa. —Bueno, ¡pongámonos manos a la obra! Pero primero, Ari, ve a darte un baño. Porque por lo que veo, apenas te has levantado de la cama y no queremos que vayas oliendo mal a un día tan especial para ti —soltó Estrella con una risita que pretendía ser graciosa pero fue un dardo directo a mi autoestima. Me sentí fatal y avergonzada. ¿Acaso olía tan mal? Sentí que las mejillas me ardían. No dije nada, solo me levanté para ir al baño. —Hija, ¿querías decirme algo? —me detuvo mi madre antes de entrar. La miré un segundo. Quería decirle que tenía miedo. Que no quería ir a que se burlaran de mí. Pero vi su cara de ilusión y no pude. —No, nada, mamá. Mentí y salí de ahí a toda velocidad. Me encerré en la ducha y dejé que el agua caliente me borrara un poco el estrés. Salí envuelta en mi bata de baño y las mujeres ya tenían todo el arsenal desplegado. Me sentaron frente al espejo y empezó la tortura. Horas de pinceles picándome los ojos, tirones en el pelo y capas de maquillaje que se sentían como una máscara de yeso. Cada centímetro de mi cuerpo fue perfeccionado como ellas quisieron. Me pusieron el vestido; un diseño apretado con un corte en la pierna que mi madre había escogido. Para mi gusto, era demasiado atrevido. Me sentía expuesta, pero no pude negarme. Mi madre insistió tanto que me rendí. —Ya estás lista —dijo Estrella, dándose un aire de artista que acaba de pintar la Capilla Sixtina. Se apartó y me dejó ver mi reflejo. Me desconocí de inmediato. Esa mujer de ojos ahumados y labios rojos no era yo. Era Aria Lara León, la estrella. Pero no era la Ari que se esconde bajo las cobijas a escribir canciones tristes. —Has hecho un trabajo estupendo, Estrella —la felicitó mi madre, con los ojos húmedos—. ¿Verdad que sí, hija? Estás... preciosa. —Sí, mamá —asentí de nuevo. Ya ni sabía cuántas veces lo había dicho hoy. —Gracias, señora Lara. Sabe que hago lo mejor por ustedes. —Gracias. Pero si es tan amable de seguirme para pagarle sus honorarios... Mi madre se llevó a esas mujeres. En el trayecto escuchaba que hablaban de precios y agendas, pero yo las ignoraba por completo. Mi mente estaba fija en esa "extraña" en el espejo. No sabía qué sentir. Me veía bonita, sí. Pero me sentía como un trofeo que iban a sacar a pasear. —¡Ari! ¡Tu amigo está aquí! —el grito de mi madre desde la planta baja me trajo a la realidad como un golpe. Levanté la vista hacia el reloj de mi mueble. Las seis de la tarde. No podía creer que se hubiera pasado el día entero en eso. Tomé mi bolso con manos temblorosas y salí de mi habitación. Mis tacones resonaban en el suelo de madera, un sonido que marcaba el inicio de mi ejecución social. No iba de buena gana. Sabía que lo que me esperaba en esa fiesta no era algo que me gustaría, pero ya no había vuelta atrás. Bajé las escaleras paso a paso, deseando que el tiempo se detuviera, pero el baile de terminación ya estaba aquí, y con él, todos mis miedos de los últimos cuatro años.






