Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Aria Lara León
Salí de mi habitación con el corazón dándome vueltas. El vestido me apretaba un poco más de lo que recordaba en la prueba, o quizá era solo la ansiedad cerrándome el pecho. Me acerqué a la barandilla de la escalera, esa madera pulida que tantas veces bajé corriendo de niña, pero ahora sentía que cada escalón era una plataforma hacia el abismo. Abajo, esperándome como si fuera el estreno de una película de la que no quiero ser protagonista, estaban ellos. Mis padres, el pequeño Elías y mi querido, ruidoso y absolutamente fuera de lugar, Victorio. Mientras bajaba, el contraste era casi ridículo. Podía sentir la mirada de mis padres, brillante, llena de esa alegría que me pesaba como plomo porque sabía que era una alegría prestada de sus propios recuerdos. Y al lado, la mirada de Vic. Ay, Victorio. Me miraba con una mezcla de "estás divina" y "por favor, sácame de este traje antes de que me salgan ronchas". Cuando estaba por terminar de bajar, mi padre se adelantó. Me ofreció su mano con una elegancia que parecía sacada de un video musical de los noventa. La tomé con gusto, sintiendo el calor de su palma, lo único real en este simulacro. —Que hermosa estas hija... diría que eres el mismo reflejo de tu madre —me halagó papá. Lo dijo con esa voz suave, esa que usa cuando realmente está conmovido. —No seas mentiroso, Hades —protestó mi madre, aunque tenía una sonrisa de oreja a oreja—. Tiene algunos rasgos míos, pero es tu misma estampa. Incluso es igual de necia que tú. Rodé los ojos. Otra vez. La pelea juguetona de mis padres, ese coqueteo eterno que tienen, me hacía sentirme avergonzada frente a mi amigo. Es como si olvidaran que tienen una hija de dieciocho años a la que están a punto de enviar a los leones. —Ya, papás... tenemos un invitado —les recordé en un susurro, antes de que pudieran seguir humillándome más con su romance de película. —Lo sentimos mucho —se disculparon al unísono, girándose hacia Vic. —No se preocupen, señor y señora Lara. Yo también admito que Ari tiene mucho de ambos... no sabría decir quién ganaría en una competencia de genes —dijo Victorino. Casi me ahogo de la risa interna. Estaba fingiendo una voz tan varonil, tan "yerno ideal", que hasta yo casi me la creía. Estaba haciendo el papel de su vida. —Bueno, ya es momento de que nos vayamos, Vic, o llegaremos tarde —intervine, dándole un empujoncito discreto. —Sí, que se diviertan. Y Vic... —mi madre se acercó a él y le guiñó un ojo de una forma que no fue nada sutil—. Ya sabes que tienes nuestra confianza. Tienes permitido traer a Ari un poco más tarde de lo normal, pero asegúrate de que ella se divierta. De verdad. Pobre Victorio. Se puso de todos los colores. —Claro... señora —respondió, aclarándose la garganta, visiblemente incómodo. —Cariño, no digas eso, puedes hacerlo sentir incómodo —le susurró mi padre a mamá, tratando de mediar. —Pero si solo digo la verdad, quiero que mi niña viva —insistió ella. —¡Ya! Tengo que irme —sentencié antes de que empezaran a discutir sobre mi hora de llegada por décima vez. Nos despedimos entre besos y abrazos pegajosos y por fin salimos de la mansión. Caminamos hacia la entrada, donde el auto de lujo de la familia de Vic brillaba bajo las luces del jardín. En cuanto cerramos las puertas del coche y el motor rugió, la máscara de "chico perfecto" de Victorio se desmoronó. —Se nota que no les has dicho que soy gay, ¿verdad? —protestó, golpeando el volante con frustración—. Ahora entiendo por qué me rogaste que viniera vestido de esta manera tan cursi. ¡Le tuve que pedir este horrendo traje a mi abuelo! Incluso huele a naftalina, Ari. ¡Naftalina! —exclamó levantando un brazo para olerse la axila con una cara de asco total. —No seas exagerado, Vic. Te ves bastante atractivo, de verdad. Ya verás que le va a fascinar a Josh —le solté, esperando que mencionar a su ligue secreto calmara sus regaños. Él se quedó un segundo mirando su traje en el espejo retrovisor, como dudando. Pero luego volvió su mirada afilada hacia mí. —No trates de engañarme, sé lo que estás haciendo. Me usas de escudo —me volvió a regañar y soltó mi mano cuando intenté consolarlo—. Y sube al auto, ni creas que porque traigo este traje tengo que abrirte la puerta. No soy tu chofer, "princesa del pop". —¡Por favor, Vic, hazlo! —le supliqué con desesperación—. Si no lo haces, mis padres me darán un sermón de tres horas cuando regrese sobre los "modales de los jóvenes de hoy". Hazlo por mi salud mental. —No exageres, Ari —contestó con su voz chillona habitual. —Si no me crees, mira por encima de mi hombro de manera despistada... y los verás pegados a la ventana —le dije. Victorio lo hizo. Fue casi cómico. Giró la cabeza y, justo en ese momento, vimos cómo la cortina del salón principal se cerraba de golpe. Mis padres estaban espiando como dos adolescentes. —Te lo dije —susurré. —Wow... nunca llegué a creer que los distinguidos señor y señora Lara estuvieran tan interesados en la vida amorosa y sexual de su hija virgen de dieciocho años —soltó Vic con una mezcla de asombro y burla que me hizo querer desaparecer en el asiento de cuero. —No te lo imaginas... pero ya, Vic, abre la maldita puerta o nunca terminaremos con esto —lo regañé, sintiendo que el maquillaje se me iba a derretir de puro estrés. —Qué genio, de verdad. Nadie de tus fans se llegaría a imaginar que la dulce Aria es así de mandona. —¡Apresúrate! Por fin, me abrió la puerta con una reverencia exagerada y burlona. Entré al auto, acomodando los metros de tela del vestido como pude. Segundos después, él se sentó al volante y puso el coche en marcha, saliendo al fin de la burbuja protectora de la residencia. El silencio duró poco. —Ari —me llamó después de unos minutos, ya más tranquilo mientras conducía por las calles de Los Ángeles. —¿Sí? —contesté en voz baja, mirando las luces pasar. —Si no quieres ir al baile de graduación... ¿por qué mejor no nos vamos a otro lugar? Ya sabes que yo solo le digo a Josh y él no protesta. Podemos ir a ese club nuevo en West Hollywood, nadie te va a molestar ahí. Dios, cómo me tentaba la idea. —Estaría más que encantada de hacerlo, Vic. Pero estoy segura de que mi madre le llamará a la directora o a alguna de las madres del comité para preguntar si estoy ahí. Me tiene rastreada, lo sé. —¿Por qué a tu madre le interesa tanto que vayas a esa carnicería social? —Según ella, tengo que vivir cada momento de mi vida. Ya conoces su historia... lo que pasó con su peso, cómo se sentía excluida. Siento que si no voy, ella sentirá que yo también estoy perdiendo algo, y no quiero verla triste. Ya tiene suficiente con lo que dicen los medios —confesé. A él es al único que puedo contarle estas cosas sin sentir que estoy traicionando a mi familia. —Me resulta difícil de creer que tus padres sean tan... así. O sea, estás en la vida pública desde niña, tu vida es de todos menos tuya. Y ahora resulta que tienen que cuidarte incluso de que "pierdas tu virtud", porque no creas que no me di cuenta de las indirectas de tu mamá sobre "traerte tarde". —Sí, lo sé... ha sido difícil. Pero tú sabes que el único lugar donde puedo ser yo misma es el escenario. Ahí es donde olvido todo. Y ya, deja de molestarme con mi virginidad —le reprendí, sintiendo el calor subir a mis mejillas—. Ya te he explicado que no dejaré que ninguno de esos idiotas de la escuela me toque solo para que después toda la clase se entere de cada imperfección de mi cuerpo. No les voy a dar ese gusto. —Pues a ese paso morirás virgen, querida. Deberías de dejarte llevar con todos esos artistas que conoces en la disquera. Algunos son bastante guapos, ¿no? —Ellos menos —respondí tajante—. Sé que solo me usarían para que los acerque a mi padre. No me molesta ayudarlos en lo profesional, pero no me gusta que quieran algo conmigo solo por interés. Me hace sentir... usada antes de empezar. Recordé a un par de chicos con los que hice colaboraciones el mes pasado. Siempre el mismo patrón: sonrisas perfectas, manos que rozan de más y esa mirada de "quiero un contrato discográfico" disfrazada de interés romántico. Me da asco. —Eres un caso perdido, de verdad —Vic suspiró, negando con la cabeza—. No puedo creer que estoy sentado al lado de Aria Lara, la estrella en ascenso, la "siguiente gran cosa del pop", y seas más tímida que un conejo, más fría que un hielo y... mmm, déjame pensar... ¡ah, sí! Una aguafiestas. Eso me dolió. Odio que me llame así, aunque sepa que lo hace para pincharme. No iba a dejar que me humillara, no hoy que voy armada con rímel de larga duración y un vestido que cuesta más que mi primer auto. —Está bien, tú ganas —declaré con fuerza, enderezándome en el asiento—. Iremos a la graduación. Cumpliré con el papel. Y después... después vamos a donde quieras ir. —¡Esa es mi chica! —Vic gritó emocionado—. Me encanta cuando decides tomar la iniciativa. En cuanto lleguemos, le diré a Josh que se prepare para el después. Ya no dije nada más. Me quedé callada, apoyando la mejilla contra el cristal frío de la ventana. Miraba la oscuridad y cómo las luces de la ciudad empezaban a iluminar con esa tenue neblina dorada de California. Dejé salir un suspiro frustrada, sintiendo el peso del maquillaje sobre mi piel. Falta muy poco para llegar. El baile de terminación me espera, y con él, todas esas miradas que han intentado hundirme durante años. Solo espero que el traje de naftalina de Vic sea lo suficientemente fuerte como para espantar a los idiotas.






