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Capítulo 5 El coreano de las gradas

POV: Aria Lara León

Me quedé ahí, como una tonta, procesando lo que acababa de decir. Lo miré fijamente, a pesar de que el corazón me martilleaba las costillas. Tenía una cara perfecta, de esas que parecen esculpidas con un cincel fino; su piel estaba más cuidada que la pompi de un bebé, sin un solo poro a la vista. Y esa boca... era tan fina que, con la poca luz de las lámparas de la cancha, resultaba difícil de descifrar, pero se veía peligrosamente suave.

—Si, lo se, soy atractivo —soltó de repente. Su voz cortó el aire con una seguridad que me dio nauseas. Bebió de su botella sin apartar sus ojos de los míos, como si hubiera leído mi mente de forma descarada.

La realidad me golpeó la cara como una cachetada helada. Me sentí expuesta, ridícula. —¿Qué? —balbuceé, sintiendo que el calor me subía por el cuello.

—Si quieres puedo besarte para hacerte olvidar el mal momento que hayas tenido —propuso. Así, sin más. Con una arrogancia que no le cabía en el cuerpo.

—¡Claro que no! —exclamé, dando un paso atrás. El asco le ganó a la confusión. ¿Quién se creía este tipo? ¿Un regalo del cielo para las chicas con el rímel corrido?

—Para que te haces, si lo vi en tu mirada, en tus labios y en tu respiración al tenerme tan cercas de ti. Te he dejado impactada —Hizo una pausa dramática, dejando que el humo del cigarro bailara entre nosotros—. Incluso puedo ser ese hombro que necesitas para desahogarte.

—Estás mal de la cabeza, de verdad —le dije, aunque por dentro mis piernas se sentían como gelatina.

—No te hagas del rogar, se muy bien que estás completamente sola y la verdad esta noche no me importaría tener una compañía femenina como la tuya —propuso. Y antes de que pudiera reaccionar, se acercó más a mí. Sentí su mano cálida, firme, posarse sobre mi pierna, justo donde el corte de la falda dejaba ver mi piel.

Una electricidad inesperada me invadió, recorriéndome la columna como un rayo. Fue un segundo de cortocircuito mental, pero el miedo y el odio fueron mucho más fuertes. El odio a que me trataran como un objeto, a que asumiera que por estar vulnerable yo aceptaría cualquier limosna de afecto. Le aparté la mano de un golpe y me puse de pie, alejándome como si su tacto quemara.

—¡Qué cínico eres! Creí que los asiáticos eran más recatados, más... no sé, educados.

Él soltó una risita seca, una que no llegaba a sus ojos. —Lo somos, pero no estamos en mi pais. Aquí puedes ser libre. Además, ¿no me digas que no lo deseas? Puedo notar como tu cuerpo desea, o mejor dicho, que ruega porque alguien lo toque —expresó el, recorriéndome de pies a cabeza con una mirada cargada de una lujuria tan pesada que me hizo sentir desnuda.

Sentí una punzada de rabia. No era el primer hombre que me miraba así, buscando la grieta en mi armadura para colarse. Pero no iba a ser él quien lo lograra, por muy guapo que fuera.

—Por supuesto que no —contesté, apretando los puños—. Yo no deseo tener nada con un coreano, chino, japonés o lo que sea que seas. Y mucho menos si está medio ebrio. Si buscas ese tipo de acción, entra por esa puerta —señalé el gimnasio— y encontrarás más de una docena de chicas que estarán más que encantadas de estar detrás de ti y complacer tu estúpido ego.

Él no apartó la vista. Se quedó ahí, analizándome, como si estuviera descifrando un código secreto en mi frente. Se llevó el cigarrillo a la boca, inhaló profundamente y soltó el humo directamente hacia mi rostro. Tosí, asqueada por el olor a tabaco barato y alcohol fuerte.

—¿No sabes quién soy? —preguntó, con una curiosidad genuina, como si fuera imposible que alguien en el planeta no tuviera su póster pegado en la pared.

—La verdad es que no. Aunque me sorprende verte aquí, en las gradas de mi escuela, si es obvio que no eres de por aquí —dije, tratando de recuperar la compostura.

—¿En qué mundo vives como para no conocerme?

—Pues no me la paso estoqueando a hombres asiáticos de los que no tengo la menor idea de quién son —solté, recuperando mi chispa de orgullo.

—En primer lugar, soy surcoreano, para que dejes de insultarme de esa manera —mencionó con la voz ya notablemente molesta. El juego se le estaba acabando.

—¡Ah! ¿Entonces tú eres el único que puede ofenderme a mí? ¿Creyendo que porque estoy vulnerable voy a caer rendida en tus brazos? —me defendí, subiendo el tono—. Eso sería lo último que haría. Conociendo a todos los idiotas de esta escuela, no me sorprendería que te hubieran contratado solo para intentar tener sexo conmigo y luego publicarlo en redes sociales. Ya me imagino el título en mayúsculas: "LA VIRGEN CAYÓ RENDIDA ANTE LOS ENCANTOS DE UN COREANO".

No le quité la mirada de encima, esperando su reacción. Él bajó la vista un segundo, apagó el cigarrillo contra el metal de la grada y se terminó el líquido de su botella de un trago largo. La dejó a un lado y se puso de pie. Su altura me intimidó un poco cuando dio un par de pasos hacia mí. Di un paso atrás por instinto y él se detuvo, respetando esa mínima distancia.

Tuve que mirar hacia arriba. A pesar de mis tacones de marca, él me sacaba una cabeza. Su barbilla quedaba casi a la altura de mis ojos. Era delgado, sí, pero tenía un cuerpo proporcionado, de esos que se ven atléticos sin esfuerzo.

—Mira, en primera, no sé de qué hablas. No conozco a ningún idiota de los que dices. Ya te he dicho que no soy de aquí y si estoy en estos momentos aquí es solo para respirar aire fresco. Y segundo... —se acercó un centímetro más, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso—. Si yo tuviera la oportunidad de quitarte la virginidad que tanto recalcaste, no sería tan estupido para decirle al mundo. Yo cuidaría lo que es mío. ¿No has escuchado que dicen que lo mejor es lo que nadie sabe?

Lanzó esa sonrisa ladina, una mueca de victoria que me erizó los vellos dorados de los brazos. Me sentí morir de la vergüenza por haber mencionado lo de mi virginidad. ¿Por qué abrí la boca? Me quedé paralizada, como un venado frente a las luces de un coche.

Él dio el paso final. Antes de que pudiera protestar, colocó su mano en mi mejilla. Fue un toque suave, inesperado. Apartó un mechón de pelo que se me había pegado a la cara por las lágrimas y sentí el roce de su pulgar limpiando el rastro de maquillaje corrido bajo mi ojo. Su cercanía era tan abrumadora que mis piernas empezaron a temblar de verdad. El olor de su perfume, mezclado con el tabaco, se me instaló en la memoria.

—Tengo que irme —susurré, apenas audible. Me alejé de su toque, bajando la cabeza para que no viera mi confusión.

Me giré y empecé a bajar los escalones de las gradas con una rapidez que rozaba el tropezón. Sentía su mirada clavada en mi espalda, como si fuera un imán. Antes de llegar al suelo, no pude evitar mirar por encima de mi hombro una última vez. Ahí estaba él, de pie, exactamente en el mismo lugar, como una sombra elegante y misteriosa que no se movía.

Corrí. Corrí ignorando el dolor en mis pies hasta que por fin llegué al estacionamiento. Me apoyé en el auto de Vic, sintiendo el metal frío bajo mis manos, intentando controlar mi respiración. Estaba agitada, no por la carrera, sino por lo que acababa de pasar.

—¿Ari? ¿Qué te pasó? Estás pálida —la voz de Vic me asustó. Él y Josh venían saliendo del gimnasio, riendo, ajenos al desastre que acababa de ocurrir en las gradas. —No me digas que es por lo que esos idiotas pusieron en la pantalla.

—No claro que no... vámonos. Por favor, sácame de aquí —le pedí, subiéndome al auto sin esperar a que me abriera la puerta.

—¿Quieres ir al club con nosotros Ari? —me pregunto Vic.

—No estoy muy cansada, además ya es tarde no creo que mis padres vayan a sospechar nada y también necesito prepararme para la gira que esta bastante cercas —mentí porque ya no quería estar fuera.

—Esta bien —asintió mi amigo y dejo de interrogarme.

El trayecto a casa fue un borrón de luces borrosas. No escuché las quejas de Vic sobre su traje, ni las historias de Josh. Mi mente estaba atrapada en esa cancha. Al llegar, me despedí apenas con un movimiento de cabeza y subí a mi habitación. Me tiré en la cama con el vestido puesto, ignorando que se arrugaba.

Miré al techo, pensando en las burlas de la pantalla, en los gritos de mis compañeros... y en ese chico coreano. En su mano sobre mi mejilla. En lo que dijo de "cuidar lo que es suyo". Cerré los ojos con fuerza, deseando que el sueño me alcanzara, pero sabiendo que mañana, nada volvería a ser igual. El baile de graduación había sido un desastre, pero lo que realmente me asustaba era que, por un segundo, quise que ese extraño me besara.

Me dormí con el rastro de rímel aún en las mejillas, pensando que la gira por Asia no podía llegar lo suficientemente pronto. Para regresar a mi mundo...

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