Salí corriendo del consultorio con el corazón a punto de estallar. No podía respirar, no podía pensar. Las palabras del médico retumbaban en mi cabeza como una maldición:
**"Estás embarazada."**
Mis piernas me fallaban. La vista se me nubló por las lágrimas. **No, no podía ser. No ahora. No así.** Me apoyé contra una pared fría del pasillo, encorvada, como si todo el peso del mundo me aplastara.
—¡Ana! —la voz de Mathias me alcanzó antes que sus pasos—. ¡Ana, espera!
Me tomó del brazo con suavi