El calor era húmedo, pegajoso, pero no me importaba. Tenía la falda empapada por la brisa salada de la noche y un collar de conchitas mal colgado sobre el cuello. Reíamos. Diana tropezaba con cada piedra. Mathias caminaba delante de nosotros, cantando en voz alta cualquier canción que le venía a la cabeza. Íbamos borrachos, felices, idiotas.
—¡Un collar para la reina Gutiérrez! —gritó Diana, señalando un puestito con luces cálidas, donde una señora vendía pulseras y collares artesanales.
—Yo qu