Cuando subí al carro de Mathias, con Diana sentada atrás comiéndose unas papas y riéndose por cualquier tontería, supe que no había marcha atrás. Iba a dejar de pensar. De pensar en Fabián. De pensar en Verónica. De pensar en mí.
Mathias me miró de reojo con una sonrisa mientras tomaba la carretera hacia Pistor. Era un atardecer hermoso, pero yo solo quería llegar y olvidarme del mundo.
—¿Estás segura de esto, Gutiérrez? —preguntó con esa voz ronca que a veces sonaba como si todo le diera igual