Volvimos a la fiesta.
No sé si fue el calor de la playa, el sonido embriagador del reguetón o los tragos que empezaban a nublarme la cabeza, pero de repente me sentí ligera. Libre. Un poco rota, pero menos atada.
—¡Te odio, Fabián Ariztizábal! ¡Te odioooo! —grité con una copa en alto, tambaleándome en la arena.
Mentira. Lo amaba con cada pedazo de alma que aún no me había arrancado.
—¡Vamos, beban conmigo! —exclamé, repartiéndole tragos a Diana y a Mathias.
Ya no me sentía bien. El alcohol me g