El sol apenas asomaba por las cortinas cuando abrí los ojos, y lo primero que sentí fue el ardor. Tenía los párpados inflamados, secos por la sal de tantas lágrimas derramadas. La almohada seguía húmeda. Me senté lentamente, abrazando mis piernas contra el pecho. Todo estaba vuelto mierda. Mi corazón, mi dignidad… mi mundo entero.
Escuché pasos en el pasillo. Mis padres.
—¿Estás despierta? —preguntó mi mamá con esa voz suave que solo usa cuando me ve rota.
-Si - dije casi en silencio.
Ambos ent