El silencio se volvió denso, como si cada rincón de la habitación supiera que algo estaba a punto de romperse. Él seguía ahí, de pie, con los ojos enrojecidos y la respiración agitada, como si esperara que mis lágrimas volvieran a darle una oportunidad.
Pero no. No esta vez.
Me levanté despacio, evitando mirarlo. Caminé hacia el armario, saqué una maleta y empecé a guardar algunas cosas. Doblé con cuidado mi ropa. Respiré hondo para no temblar. Necesitaba hacerlo bien. Con dignidad. Sin llanto.