Desperté con la tenue luz del amanecer colándose por las cortinas. Me dolía un poco el cuerpo, pero no de forma incómoda… Era ese tipo de dolor que solo deja una noche intensa, salvaje, inolvidable. Pronto, mis ojos se enfocaron y lo vi ahí: Fabián, de pie junto al clóset, empacando mi maleta con una delicadeza que jamás habría imaginado en él. Al lado estaba la suya, perfectamente lista.
Me miró. Y por primera vez en mucho tiempo, no vi en sus ojos esa sombra de rabia, ni el hielo, ni la prepo