Ya era tarde. Rosita se había ido a su habitación, y yo estaba en la sala, leyendo un informe. El té aún humeaba sobre la mesa, y por primera vez en semanas, sentía algo parecido a la tranquilidad. No paz… pero sí una tregua.
Hasta que escuché los golpes en la puerta.
No toques así si vienes en paz.
Me levanté, el corazón latiéndome con fuerza. Ya sabía quién era antes de abrir.
Fabián.
Sus ojos estaban inyectados. Tenía la quijada apretada y el cuerpo tenso como si hubiera conducido toda la ci