El camino a casa se hizo más ligero de lo que pensaba, o quizás solo quería escapar de todo tan rápido que ni siquiera fui consciente del trayecto. Al llegar, subí corriendo a mi habitación. No quería comer, no quería hablar, no quería existir. Solo quería ahogarme en la maldita culpa... en la absurda adicción a Fabián, esa que no me dejaba dejarlo.
Me lancé sobre la cama sin siquiera cambiarme de ropa. Cerré los ojos con fuerza, como si eso bastara para apagar los pensamientos, para callar su