Sentí el frío mientras me cambiaban y me ponían la tela de la bata apenas me cubría, y las manos temblorosas de las enfermeras me acomodaban con rapidez. El corazón me latía tan fuerte que parecía querer salirse por la boca. Cerré los ojos un segundo, tratando de calmarme, pero de inmediato escuché al médico ordenar:
—Traigan el ecógrafo, ya.
El aparato se encendió y el silencio de la sala me perforaba los oídos. Me pusieron el gel helado en el vientre y la paleta comenzó a deslizarse de un lad