Me quedé toda la noche recostada, abrazada a la almohada, llorando en silencio hasta que mis ojos ardieron tanto que ya no pude más. El dolor en el abdomen iba y venía como una sombra que no me dejaba dormir. Cada punzada me arrancaba un suspiro ahogado, pero yo me repetía a mí misma que no podía mostrarme débil, que si caía, todo lo que estaba resistiendo se vendría abajo.
Matías estuvo conmigo buena parte de la madrugada, en silencio, sentándose en la silla como guardián. Apenas me hablaba, y