El pasillo del hospital me tragaba con su silencio helado. Estaba afuera de la habitación, con las piernas temblándome y los ojos ardiendo de tanto llorar, cuando de repente la puerta se abrió de golpe.
Fabián salió. Su mirada me atravesó como un cuchillo. Lo vi respirar hondo, tenso, con las venas de su cuello marcadas, y antes de que pudiera decir algo, explotó.
—¿Qué mierda estás haciendo, Ana? —su voz fue baja, pero tan dura que me estremeció—. ¿Qué mierda te pasa?
Sentí un nudo en la garga