Capítulo 116

El pasillo del hospital me tragaba con su silencio helado. Estaba afuera de la habitación, con las piernas temblándome y los ojos ardiendo de tanto llorar, cuando de repente la puerta se abrió de golpe.

Fabián salió. Su mirada me atravesó como un cuchillo. Lo vi respirar hondo, tenso, con las venas de su cuello marcadas, y antes de que pudiera decir algo, explotó.

—¿Qué mierda estás haciendo, Ana? —su voz fue baja, pero tan dura que me estremeció—. ¿Qué mierda te pasa?

Sentí un nudo en la garganta. Abrí la boca, pero no me salió ni una sola palabra.

—Yo ya debería dejarte tranquila con este… —hizo una pausa, buscando la palabra que más me doliera—. Con este estúpido.

El golpe de esas palabras me paralizó. Me quedé helada, como si hubiera perdido el aire.

De pronto, Matías se levantó de la silla y se puso frente a mí, como si quisiera protegerme.

—¡Basta, Fabián! —le gritó, firme.

Pero Fabián lo miró con un desprecio que nunca olvidaré.

—Por eso mismo, contrólala… —se detuvo un segundo
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