Me levanté despacio, con la fuerza que me quedaba. Apenas puse un pie fuera de la cama, un dolor agudo me atravesó el abdomen como si mil agujas se me enterraran al mismo tiempo. Me doblé un poco, contuve el aire, pero no solté ni un gemido. No quería que nadie se diera cuenta. No ahora.
Caminé hasta la mesa y fingí normalidad. Tomé un pedazo de pan, lo mordí, y masticar me dolía más que el propio dolor físico. No me sabía a nada, pero quería aparentar que estaba bien.
Matías me observaba desde